Hasta aquí yo tenía todo muy claro. Pero, a mi pesar, estaba atravesando una situación inversa en la asociación de psicólogos a la cual pertenexco desde hace muchísimos años. Integrantes recién llegados se incorporaban con miradas diferentes que yo me negaba a aceptar. Los "inmigrantes" nos inspiraban a las personas con más tiempo en la institución rechazo y odio. Palabras descalificadoras circulaban en esa pequeña sociedad. Bolitas, paraguas, indios, cabezas, vagos y otras circulan en nuestra gran sociedad que, dicho sea de paso, evidencia una rara confusión con el tema del origen: denostamos al extranjero asumiéndonos como "de acá" cuando los reales originarios no poseen el privilegio de pertenecer que nosotros nos arrogamos siendo, en rigor, la mayoría, descendientes de inmigrantes, de desterrados, huérfanos, malandras y la peor lacra de la sociedad, si se quiere, de otras épocas.
Indagué en Argentina: "¿cuál es el problema?". Expelió: "Acá entra cualquiera en cualquier momento y te saca el lugar, con lo que me costó poder hacerme un lugar".
Ahí está la clave. Quedan en la memoria los sufrimientos que padecemos cuando ansiamos formar parte de una sociedad siendo un recién llegado. Como nuestros antepasados que sufrieron hambre, incertidumbre, denigración, descalificación, hasta hacerse un lugar y sobrevivir. Claro, y estos intrusos tienen el tupé de hacernos revivir aquello.
"Bueno, pero yo ya soy de acá, estos un día vienen y otro día se van como si nada", me dijo mientras se aferraba al sillón con sus manos tensas. "Quiere decir que no tienen nada para dar, que son carentes
como usted en algún momento", rematé, y se quedó callada.
La vivencia de la lucha por pertenecer se transformó en trauma, es herida abierta, amenaza latente. No se elaboró.
"¿Podría soltarse del sillón un momento?, le pedí. Recién ahí se dio cuenta de su rígida postura. Tímidamente soltó sus manos. Y en su rostro verifiqué una expresión de desahogo.
"¿Y cómo se elabora?", preguntó. "Alojando al otro en nosotros", respondí. "¿Y por qué hacerlo?", inquirió, otra vez tensa.
Es que elaborar esa lucha (nuestra y de nuestros antepasados), requiere conectarse con lo transitorio, lo cambiante, soltar nuestras ideas fijas, abrirse, dejarse cuestionar por eso nuevo que trae el otro (que no es carente sino diferente).
"Y por qué hacerlo". Me lo preguntaba esta vez a mi mismo. Por qué alojar nuevas lógicas y códigos de estos de estos inmigrantes de la asociación que sin duda no tienen la misma experiencia que yo.
"A esa pregunta le cambiaría el por qué por el para qué", dije y cerré la sesión.
Por Marcelo Cotton en Argentina al diván.
No sólo se trata de inmigrantes, se trata de toda la humanidad. Estamos vivenciando un mundo en donde lo normal es lo diverso y lo diverso es lo normal, y ante esta realidad es enriquecedor encontrar en el otro lo bueno que tiene para dar, y para esto hay que estar atento, abierto y flexible.
